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Solidaridad y desinhibición Cortos divulgativos, afiches, espacios informativos de la radio y la televisión, y hasta un número telefónico, en el que se puede indagar, de manera anónima, acerca de diversas cuestiones, relacionadas con las drogas, han promovido cierto acercamiento con un grupo poblacional que fue marginado y reprimido por décadas: Los drogadictos no estaban a la altura del Hombre Nuevo.
Fumar marihuana, mezclar tabletas medicamentosas con bebidas alcohólicas, y otras modalidades, más caras o precarias, de acuerdo a lo que pueda pagar el cliente, son en la actualidad tan comunes, como fumar un puro o un cigarro, mientras se ingiere el trago predilecto. De acciones como las descritas testificarían en detalles las discotecas, y el Muro del Malecón, junto a las orillas de las playas, una vez que cae la noche.
Dichas adiciones, no solo buscan la evasión de un mundo lleno de carencias materiales y espirituales, sino también van al encuentro de metas sórdidas y lujuriosas, sujetas a la prostitución y al delito, las cuales ponen al descubierto, hechos tales como los asaltos a transeúntes en pleno día , los robos con fuerza, las violaciones, y el vandalismo, entre otras lacras.
Así, ya no asusta observar a grupos de jóvenes, de uno u otro sexo, manifestándose de forma eufórica, un tanto fuera de lugar, sin tener aliento etílico, ni mostrar los rasgos que evidencian a la conocida embriaguez. Por eso, el joven que estaba parado en la puerta de salida de un ómnibus articulado, provocaba el disgusto de quienes tenían que bajarse.
Algunos pasajeros se rieron de él, pero otros se preocuparon cuando notaron como un paquete se le caía sin cesar de las manos hasta que se le rompió. Una señora le regaló una bolsa de nailon pero él seguía agachándose a cada momento. Bien vestido y sin tipo de ser un retrasado mental, se dio la vuelta y miró a los que estaban detrás de él con mirada extraviada y con poca estabilidad.
Apenas se entendía lo que decía pero a modo de excusa explicó que “le habían dado una pastilla con bebida”, en eso el autobús llegó a la parada, y el joven se bajó con gran dificultad. Dos muchachas se le acercaron y se pusieron a ambos lados del joven para ayudarlo a cruzar la avenida de mucho tráfico. Los que no se apearon se miraron con rostros perplejos y lastimosos, nadie hizo comentarios.
Los jóvenes cubanos tratan de seguir modelos que ven en filmes, series y otros materiales extranjeros, además de refugiarse en sus grupos generacionales y evitar la comunicación con los adultos, los cuales a veces los critican y agudizan más el alejamiento de éstos. Aún es mal visto que un muchacho o una muchacha sean reconocidos como toxicómanos, lo que recrudece la peligrosa situación.
La Iglesia Católica brinda espacios para que los drogadictos
tengan donde exponer sus experiencias a modo de terapia, pero el gobierno no
promueve estos lugares de carácter religioso. Por el momento queda la
expectativa de los padres , que no están tranquilos hasta que no ven llegar a
sus hijos o hijas de las diversiones de moda que cada vez terminan más tarde y
acrecientan una serie de vicios que arrastran un sin fin de secuelas nocivas, en
la Cuba del Nuevo Milenio. |
Consejo Unitario de
Trabajadores Cubanos
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